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Erika Tellez
Erika Tellez

Erika Tellez

Cursó la Maestría en Filosofía en el área de Estética en la UNAM, y es licenciada en Filosofía por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha realizado la Especialidad en competencias docentes para la Educación Media Superior en la UPN. Es docente del CUIH en la Licenciatura de Ciencias Humanas en el campo de la Filosofía, y colaboradora de El Humanista, Boletín cultural e informativo del CUIH desde 2008. Ha sido organizadora del “Coloquio de Filosofía” que se lleva a cabo en el CUIH. Ha publicado en revistas estudiantiles, participado en congresos en México y el extranjero. Ha sido corrector de estilo en la Editorial Planeta y en la Editorial Patria. Ha sido docente a nivel medio superior.

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El siguiente trabajo fue presentado por la estudiante Rebeca Sarquís para la materia "Historia de las Doctrinas Filosóficas: Filosofía contemporánea". 

Quise compartir con la comunidad el esfuerzo que hizo para realizarlo, además de lo interesante de su idea. 

 

Centro Universitario de Integración Humanística

Historia de las doctrinas filosóficas

Mtra. Lic. Erika Téllez Mora

Alumna:  Rebeca Sarquís

Enero 22 de 2016

 

HEIDEGGER INVOLUNTARIAMENTE

HACE TEOLOGÍA

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Consideramos que es un gran atrevimiento pretender hacer un análisis sobre  el pensamiento de uno de los más grandes filósofos del siglo XX, Martin Heidegger, por la altura de su pensamiento, pero será por nuestra formación previa que estuvo inundada de ideas emanadas de los filósofos cristianos, bien llamados teólogos,  como santo Tomás, san Agustín, Karol Wojtila o Joseph Ratzinger y que nuestro libro de cabecera por muchos años fue la Biblia, que siempre terminamos encontrando ideas afines entre Filosofía y Teología, o será porque Heidegger se formó en teología católica y nunca pudo desprenderse del todo del pensamiento que en esa época lo influyó, pero hemos encontrado un resquicio de coincidencias en lo que hemos oído, de parte de los expertos y leído de su obra con aquello que tan entrañablemente guardamos en nuestra memoria.  Nos preguntamos si en realidad será así, o es sólo producto de nuestra imaginación.

El caso es que aquí estamos intentando encontrar aquello que le inspiró la Fe, en la que se mantuvo fiel por muchos años y que conservó en su mente o en su corazón e incluyó en sus argumentaciones, a pesar de sí mismo, como un rescoldo de su formación cristiana, similar a los hogares en donde, a pesar de que el fuego se ha extinguido, al remover un poco las cenizas podemos encontrar calor, pero, en este caso, no un calor físico, sino aquel que produce paz en el espíritu y se atesora hasta el día que nos toca partir de este mundo, como fue su caso.

 

DATOS BIOGRÁFICOS

Heidegger, según sus propias palabras, hasta la década de los veinte se califica a sí mismo como teólogo católico, a pesar de que posteriormente rompe con la jerarquía de la Iglesia y con todo el sistema católico, no renuncia a la tradición teológica cristiana. 

En su juventud ingresa a la Compañía de Jesús, pero por razones de salud debe abandonar el noviciado, en una primera instancia.  Después ingresará nuevamente con los Jesuitas, en Friburgo.  Surge en esa época la crisis del modernismo, y el Papa Pío X dicta una resolución en la cual la Iglesia condena todo intento moderno como una infamia y desvaloración de la palabra divina.[1]     En el mes de junio de 1910, el Papa impone un “juramento  de sumisión a las decisiones pontificales” para todos los candidatos al doctorado en Sagradas Escrituras. En septiembre del mismo año, todos los seminaristas, encaminados al sacerdocio, debían también prestar juramento contra el modernismo”[2]. Por esta razón abandona la Iglesia y se dedicará a la filosofía, siendo uno de los discípulos de Edmund Husserl, quien lo influirá con su fenomenología[3].

 

EL DASEIN

Heidegger innovará y enriquecerá el lenguaje filosófico con sus disertaciones con su publicación cumbre, según opinión de los expertos, Ser y Tiempo.  Su primer concepto innovador, después de hacer un análisis fundamental del ser, será el Dasein, dos palabras que se hacen una mediante el guion, cuyo significado en español es el “ser-ahí.”  Para otros autores es mejor la interpretación de “el-hombre-arrojado-al-mundo”[4] lo que implica una coincidencia entre ser y tiempo, dos conceptos que no pueden separarse, pues todo lo que ocurre al ser en el mundo está íntimamente ligado a un tiempo específico.  El Dasein es “el-hombre-arrojado-al-mundo”, a un escenario no pensado, no deseado previamente, desconocido y no elegido por él.   Aquí encontramos la primera relación que podemos hacer con su formación cristiana, recordemos lo que nos dice la Sagrada Escritura sobre Adán y Eva:  “Y le echó Yahveh Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado.  Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines […]”[5].

Igual que nuestros Primeros Padres, quienes antes de la “caída” tenían una relación cotidiana con Dios en el Paraíso Terrenal, que era el lugar en el que habitaban, siendo poseedores de los dones preternaturales, don de ciencia, de integridad, de inmunidad y de inmortalidad[6], mismos que perderán como castigo por su soberbia, y por el mismo motivo serían arrojados al mundo, Heidegger nos habla del Dasein, el ser que es también, arrojado al mundo.

El autor de Ser y Tiempo fue un teólogo católico, y en esos años y los de su noviciado, tuvo como Adán y Eva, una relación continua y constante con Dios, e igual que ellos, podría haber sentido que fue arrojado del paraíso, ante la pretensión del Papa sobre la modernidad.  La cuestión aquí sería si se arrojó a sí mismo, porque fue una decisión meditada y libremente tomada, o fue arrojado también, por un pecado de soberbia, al no poder desafiar a la máxima autoridad de la Iglesia.

Al ser echados, Adán y Eva pierden las delicias del Paraíso y habitarán en un mundo hostil en el que tendrán que trabajar la tierra para poder sobrevivir y conocerán el sufrimiento y el dolor.

El Dasein es el “ser-en-el-mundo” y así como Adán, según la Biblia, es el Señor de la creación:  “Y dijo Dios:  Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y mande en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra”[7]. El mundo sólo tiene sentido en relación al Dasein.

Adán como Señor, nombra todo lo que existe:

Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera.

El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo […].[8]

 

El ser de Heidegger, el ser fáctico es quien da sentido al mundo, lo transforma, lo utiliza, existe por su relación con él.  El “ser-ahí” insinúa la necesidad de un lugar y un tiempo, el aquí y el ahora.  El mundo sólo existe en relación al ser, no como dos realidades, sino que éstas están íntimamente unidas, tal y como ocurre con los animales, es necesario que sean nombrados por Adán, pues existen en función de su relación cercanísima con él, mientras no los nombra, no existen para él, que es el Señor de la creación y su dueño, hasta darles nombre.

Pero al ser arrojado, lo ha perdido todo, y la pérdida mayor será su íntima relación con el Ser supremo que ya nunca más será directa, en adelante existirán intermediarios, los Profetas.

 

Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.  Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo:  ¿Dónde estás?  Este contestó:  “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí, […][9].

 

Al ser arrojado, queda fuera de la vida del Creador, no pertenece más al mundo de la perfección, al plan de Dios y se volverá un ser de segunda clase, será inferior a los ángeles y dejará de ser el favorito de la creación.

 

¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes? ¿Qué es el hombre para que de él te ocupes?  Apenas inferior a los ángeles lo hiciste, de gloria y honor lo coronaste.  Todo lo sometiste bajo sus pies.  Al someterle todo, nada dejó que no le estuviera sometido.[10]

 

Al alejarse de la teología, Heidegger se aleja del Ser, con quien tuvo una relación cercana y continua, de quien fue el centro de su razonamiento por muchos años, en el seminario jesuita; así como abandonó a la Iglesia, se aleja del Ser eterno, del Ser perfecto, del Ser necesario y no lo incluirá en la teoría que desarrolla en su obra Ser y Tiempo, la que limitará al ser común, al ser contingente, al ser temporal, al ser mortal.

 

EL SER-PARA-LA-MUERTE

El “ser-para-la-muerte” es otro punto de claros visos teológicos.  Lo opuesto al ser, es el no ser, y aquí Heidegger abundará sobre el tema de la finitud del ser, que también, como el anterior, está íntimamente ligado al cristianismo.  La escatología de Heidegger difiere de la escatología cristiana, pues ésta última se ocupa de reflexionar sobre el destino del hombre y del mundo, después de la muerte, la resurrección y la recompensa o el castigo eternos.  El filósofo no hablará de la trascendencia, sino sobre el hecho mismo del morir que será expuesto como una posibilidad entre todas las posibilidades que se le presentan al ser, por su relación con el mundo.

Para Heidegger, la forma más limitante del ser, la que “imposibilita todas sus posibilidades”[11] y la única inevitable, es morir.

Para Hume, otro filósofo importante de la modernidad, el hombre ha inventado la religión buscando un consuelo ante el temor que le causa la muerte[12], pero paradójicamente, Heidegger se ha alejado de la religión y en la teoría que desarrolla del “ser-para-la-muerte” no coincide con la idea de Hume sobre la religión.

La muerte nos lleva a la situación de una confrontación entre ser algo y la posibilidad de no ser.  Este hecho es inevitable, aunque nunca tendremos la certeza del momento en que esto ocurrirá, debemos vivir enfrentándolo, lo que provoca angustia.

Para Kierkegaard, especialista en este tema, la angustia del hombre le ayuda a descubrir su condición de ser finito y limitado y así se lanza a la Fe, tal como hizo Abraham[13]; pero Heidegger no habla de la Fe, él enfoca la muerte de una manera fáctica.  La muerte es la imposibilidad de posteriores posibilidades, además de enmarcar la existencia, no hay más. La angustia que el ser siente hacia la realidad de su muerte le hace entregarse a vivir una “existencia inauténtica”, entregado a hacer lo que “se dice” que hay que hacer, lo que dictan las tendencias de la moda, la avidez de novedades, los “best sellers”, viajes, marcas, sobrevaloración de la juventud, banalidades.  Lo más inauténtico del mundo es la publicidad y el ser se deja absorber por lo que dictan los poderosos, pierde su capacidad crítica y es influenciado por lo que difunden los “medios”.[14]

La contraparte es la “existencia auténtica” que se fundamenta en aceptar la finitud, lo que da autenticidad a la existencia.  La fenomenología recuerda la necesidad de los contrastes; lo que nos permite dar valor a las cosas es el hecho de que sean finitas y pasajeras; si el hombre viviera eternamente, el tiempo no tendría sentido, no sería necesario contar los meses, los días y los años; no tendría importancia atesorar los años vividos, 50, 100 ó 500; no existiría presión alguna para cumplir metas, no importaría el hoy, siempre se podría esperar al mañana.  El tener la certeza de la muerte estimula al hombre a construir, a edificar, a buscar el progreso, tanto de una manera personal, como contribuyendo en lo social; la meta sería aprovechar el poco tiempo de vida del que el hombre dispone, que siempre es una incógnita, pues podría morir mañana, eso es una realidad.

Sólo puedo dejar de estar, porque estoy

Sólo puedo dejar de ser, porque soy

Porque sólo se acaba, lo que todavía es.[15]

 

CONCLUSIÓN

A pesar de que al tratar el tema del “ser-para-la-muerte”, Heidegger habla sobre la angustia que causa en el hombre, lo aborda únicamente desde un punto de vista existencial, a ese momento de gran intensidad por la ruptura y la soledad en que se vive no le dedica ni siquiera un pensamiento de esperanza.  Podemos hacer dos interpretaciones a su supuesta omisión, la primera sería que en Heidegger hay una aceptación del hecho ineludible de la muerte, considerándola como una conclusión biológica natural del Dasein, el ser arrojado al mundo, que también es consciente de que en algún momento será “arrojado del mundo”[16]. Y la segunda interpretación sería la aceptación del hecho de la muerte debido a una Fe en la trascendencia, previamente aceptada, aunque no mencionada, una visión natural de ese ineludible suceso, pero “vivido” en la esperanza, como lo dice san Agustín:

 

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. 
Yo soy yo, vosotros sois vosotros. 
Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo 
Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. 
No uséis un tono diferente.  No toméis un aire solemne y triste. 
Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí. 
Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra. 
La vida es lo que siempre ha sido.  El hilo no se ha cortado. 
¿Por qué estaría yo fuera de vuestra mente? ¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista? 
Os espero; No estoy lejos, sólo al otro lado del camino. 
¿Veis? Todo está bien.[17]

 

Los cristianos creemos que el sacramento del Bautismo imprime carácter, esto es una marca indeleble en el alma, que te marca para siempre como hijo de Dios y hermano de Jesucristo, que te otorga las tres virtudes teologales:  la Fe, la Esperanza y la Caridad.  Heidegger fue bautizado y podría ser que, dado que imprime carácter, para él no fue posible renunciar a esos dones que recibió con el Bautismo.  Después de la guerra, se encierra en un mutismo, tal vez avergonzado, haciendo un examen de conciencia por las atrocidades cometidas por el pueblo alemán y se aleja de cualquier actividad pública; pero cuando murió, su voluntad fue ser enterrado en un cementerio católico. ¿Fue el regreso del hijo pródigo a los brazos del Padre Eterno? Tal vez.

 

BIBLIOGRAFIA Y FUENTES DE CONSULTA 

Arce,Pablo y Ricardo Sada, Teología dogmática. Editora de Revistas, México, 1989; 285 pp.

Biblia de Jerusalén. Dirigida por José Angel Ubieta. Desclee de Brouwer, Bilbao, 1980; 1836 pp.

Martínez, Yaqui, Filosofía existencial para terapeutas y uno que otro curioso. Ediciones LAG, Colección Sentido, México, 2009; 343 pp.

http://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/heidegger.htm

http://www.criticadelibros.com/metaliteratura-y-ensayo/dialogos-sobre-la-religion-natural-david-hume/

https://laicismo.org/2013/pio-x-y-la-crisis-modernista-iglesia-y-ciencia/42020

https://literaturayfilosofia.wordpress.com/martin-heidegger/

https://www.youtube.com/watch?v=1KSjuVSxefE

Savater, Fernando, La aventura del pensamiento, capitulo 10 https://youtu.be/Xed0pyxEAEo.

https://www.youtube.com/watch?v=1KSjuVSxefEhttp://iglesia.org/reflexiones/item/621-la-muerte-no-es-el-final

 

 

 



[5] Gén. 3, 23-24. En Biblia de Jerusalén, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1980.

[6] Arce, Pablo y Ricardo Sada, Teología dogmática. Editora de Revistas, México, 1989, p. 121.

[7] Gén. 1, 26, Op. Cit.

[8] Gén. 2, 19-20, Op. Cit.

[9] Gén. 3, 8-9. Op. Cit.

[10] Hb. 2, 6-8, Op. Cit.

[13] Savater, Fernando, La aventura del pensamiento. Capítulo 10, https://youtu.be/Xed0pyxEAEo, consultado el 20/01/16.

[15] Martínez, Yaqui, Filosofía existencial para terapeutas. Ediciones LAG, Colección Sentido, México, p. 162.

[16] Ibidem, p. 161.